jueves, 1 de febrero de 2007

El Trip


No hay imagen más patética que emborracharse en DisneyWorld. Aceptémoslo. Es un parque de diversiones para niños. Desde que estás en el Aeropuerto de Orlando, notas que aquí los pasajeros no rebasan los 10 años de edad. Aqui la inocencia huele a hot dogs y a dulces. No hay cabida para los desenfrenos oscuros que trae la no-infancia. Pero sucedió.
Cómo olvidar los primeros rayos de sol con sabor a cigarro mezclado con ginebra. La luz artificial del baño me dio una imagen peor. Estaba tapizada de una serie de focos de todos colores que funcionaban con batería....y para esa hora, luego de una noche de desenfreno, la gran mayoría seguían brillando. Qué imagen! Qué decadencia! Era la mejor burla a una borracha de closet. Yo misma, que siempre busqué cuidar las apariencias, midiéndome entre trago y trago, ahora estaba ahí,
toda iluminada, la mejor llamada de atención hacia mi estado, como sino me bastara el dolor de cabeza y las nauseas. Era como si fuera parte del inmobiliario de luces que caracteriza a estos parques. Ojalá hubiera podido camuflajearme entre un carro alegórico.
Recuerdo que era la inauguración de una de las atracciones principales de Disney World: la montaña rusa del monte Everest. Iba con colegas de trabajo, aquellos que en los días en que dura un viaje, se forman lazos de amistad importantes, los que provoca ese sentimiento de arraigo cuando se está fuera de casa.
Nos montamos en los carritos de esta atracción con los cinturones de seguridad abrochados. Pasamos montañas artificiales, curvas peligrosas, paisajes nevados y al final, la figura horrorosa y afelpada del jetti daba las "gracias" por haber tenido el paseo.
No sé cuantas veces nos subimos, pero entre una y otra curva, habíamos tomado un par de martinis sabor chocolate, presumiendo que era una golosina, propia de un parque de diversiones para niños.
Después de varios paseos, la ginebra del martini ya estaba revuelta en mis venas de cabo a rabo. No me importó subirme a un juego tipo lanchas donde la mojada era segura. No me importó pagar unos cientos de dólares por un peluche de Mickey Mouse del que hasta ahora, desconozco su paradero.
El punto es que ya para la media noche, los martinis de chocolate ya habían surtido efecto. Recuerdo haber visto a Donna Summer, quien después de luchar contra el cáncer, se presentaba en un foro lleno de periodistas de todo el mundo.
Sobre barras improvisadas en pleno parque, los barmans servían cocteles azules que se veían más bonitos por la píldora humeante que les ponían. uno, dos y tres shots me tomé a ritmo de "On the radio...ohhhh". O no se que cuantos más. Lo cierto es que para ese momento, mi mente ya no estaba precisamente en Disney World.